La obsesión por ganar

“La competencia por alcanzar riquezas, honores, mando o cualquier otro poder lleva al antagonismo, a la enemistad y a la guerra. Porque el modo como un competidor consigue sus deseos es matando, sometiendo, suplantando o rechazando a quien compite con él”

Thomas Hobbes

No existe la llamada competencia sana. Competir es inherentemente destructivo. De acuerdo con el psicólogo existencialista Rollo May, la principal causa de ansiedad en nuestra sociedad es el afán competitivo. Estamos obsesionados con ganar, con ser el número uno. En el lenguaje de los gurús motivacionales se escucha repetidas veces la palabra ganador. Y contrasta con un insulto cada vez más utilizado en nuestro idioma por influencia de la cultura estadounidense, perdedor. Ser el número uno, en nuestra sociedad, posee un gran atractivo, pues aparenta ser un pase automático al aprecio y a la admiración ajenos.

hands-744044_1280Sin embargo, el deseo de vencer nos ciega a algunas realidades, como el hecho de que a mayor éxito, mayor envidia y resentimiento por parte de los demás.

Una vez que alcanzas la cumbre, otros luchan por derrocarte.

Porque siempre hay un nuevo concurso y siempre nuevos competidores, más o menos hábiles que tú. Surge entonces la amenaza de perder el lugar que te has ganado y con ésta una lucha más encarnizada por conservarlo. Por ejemplo, la competencia laboral convierte a compañeros en perros de guerra. Como es de suponer, la amenaza provoca sentimientos de ansiedad ante la posible pérdida. Es así como la actitud competitiva provoca envidia, resentimiento, ansiedad, emociones que no contribuyen al bienestar común.

La lucha por el poder

Competir no sólo nos aísla de los demás, dice Alfie Kohn, autor y agudo crítico de la competencia, sino que mina nuestras relaciones de otras formas. Promueve la hostilidad y rivalidad entre las personas: dejamos de ver a la pareja, los amigos o compañeros de trabajo como colaboradores para considerarlos enemigos a los que hay que vencer. En una competencia, lo sabemos, para que uno gane, muchos otros tienen que perder. Se obtiene la satisfacción de la victoria a costa del sufrimiento ajeno. La competencia promueve las diferencias entre unos y otros, lleva al individualismo y al egoísmo. Dificulta el desarrollo.

El afán competitivo afecta la autoestima de varias maneras

Para empezar, una auto-valoración fundada en la aprobación de los demás es muy endeble. Es sólo cuando logramos ganar –en los deportes, la escuela, los concursos de belleza, en popularidad o en el terreno financiero– que sentimos que tenemos algún valor. Olvidamos que es el derecho de todo ser humano ser valorado por ser, por existir, no por lo que ha logrado. Hay que recordarlo día a día: no somos lo que hacemos.

arm-wrestling-567950_1280Desde niños se nos enseña que los ganadores son superiores, por lo que automáticamente, sin detenernos a analizarlo, rendimos pleitesía al ganador, al experto. Pero hay que considerar que si posteriormente somos nosotros quienes tienen éxito, también creeremos que somos superiores.

La supremacía aparenta ser signo de alta autoestima, pero la verdad es que ésta no puede basarse en un sentido de dominio sobre los demás. Una buena autoestima requiere que dejemos de lado la comparación y la lucha por ser mejores que los demás. Involucra dejar de competir y admitir que la única competencia es con uno mismo. Detrás de esta actitud se encuentra también una fuerte auto-exigencia: no es suficiente con ser bueno, hay que ganarles a otros para demostrarlo y convencerse a uno mismo.

Nos fortalecemos al cooperar

La contraparte de la actitud competitiva es la cooperación. En el ambiente educativo es bien sabido que los niños aprenden mejor cuando en lugar de competir, cooperan. La ansiedad que genera un ambiente competitivo interfiere en la concentración, en este caso de los niños, y en el entorno laboral, de los trabajadores. La respuesta, señala Alfie Kohn, está en monitorear el desempeño, incluso con base en estándares objetivos, pero siempre tomando como punto de partida y de comparación los propios avances.

La colaboración promueve la comunicación entre las personas. El cooperativismo implica reconocer al otro como igual en su valor, involucra respeto. Nos fortalecemos al cooperar y ayudar, no al humillar o aplastar al más débil.

La naturaleza nos da buenos ejemplos de cooperación. Aquí un ejemplo de ello: los líquenes son el resultado de la asociación entre un alga y un hongo. El hongo facilita que el alga sea capaz de vivir fuera del agua y el hongo a cambio obtiene energía a través de la fotosíntesis que realiza el alga. En el cuerpo, nuestros órganos colaboran unos con otros para mantener un equilibrio interno.

Los seres humanos somos seres sociales, interdependientes. Sigamos el ejemplo de la naturaleza y de nuestro organismo y, en lugar de competir, cooperemos por un mayor bienestar para todos. Podemos comenzar por observar nuestras actitudes competitivas, para entonces decidir si queremos continuar con éstas o hacer algún cambio hacia una actitud más colaborativa.♦

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